El jueves pasado se firmó en Lisboa el nuevo tratado que desbloquea la situación de la Unión Europea después del intento fallido de crear una Constitución. El Tratado de Lisboa da más poder de decisión al Parlamento Europeo y fija la Carta de Derechos Fundamentales de los europeos.
Todo lo relacionado con las instituciones europeas es difícil de entender, seguramente porque la propia Unión es compleja. Sin embargo hay algo que es fundamental, y es el convencimiento de todos de que Europa es un espacio común, compartido y cuya construcción no puede descuidarse, por difícil que sea. Todos los países saben que por estar en la Unión deben renunciar a posibilidades que mantendrían si estuviesen fuera y, sin embargo, quieren estar ahí, incluso para los problemas. Por eso los más altos representantes europeos han apostado en Lisboa por seguir construyendo ese espacio político y económico común, a pesar de todo. A menudo no se dice pero la Unión Europea es, antes que nada, un impulso de generosidad.
La política europea es producto de muchos intereses y de convicciones diversas y a veces su propia complejidad nos hace verla como algo lejano. Pero no lo es. Tenemos ya la misma moneda, el mismo Banco Central, un parlamento elegido por los europeos y con más poder a partir de ahora, y todos sabemos que ese es el camino que vamos a tener que recorrer. El de la unión y la colaboración en todo el continente.
Conviene que empecemos a ver a la Unión más como un referente positivo en nuestra vida, que es lo que es y no como un grupo burocrático que nos manda desde Bruselas, o únicamente como una fuente de subvenciones que es como a veces se la ve.
Europa tiene vocación de ser una nación y lo está consiguiendo.
