Muchas veces el frondoso árbol del debate público, tanto en Euskadi como fuera de aquí, impide ver el enorme bosque que hay detrás. Aunque la mayoría de los titulares van por otro lado, Copenhague está siendo hoy el centro del mundo en un debate capital para nuestro futuro próximo. Las Naciones Unidas celebran allí una cumbre para actualizar los compromisos adquiridos en el Protocolo de Kyoto y no quiero dejar pasar la oportunidad de incluir unas breves reflexiones al respecto en este blog.
El cónclave ha levantado un escepticismo generalizado ante los compromisos que puedan adquirir las grandes potencias y que resulta hasta cierto punto lógico. Sin embargo, esto no debe ser motivo para la inacción. Al contrario. El compromiso medioambiental es una cuestión ética. Según los expertos, si la temperatura del plantea aumenta 2º, medio África se moriría. La lucha por un mundo sostenible no es una opción, es una obligación que debe ayudar a una mejor vertebración interterritorial, pero también intergeneracional, por lo que tiene de compromiso con las generaciones venideras.
El Gobierno vasco, con la consejera Pilar Unzalu a la cabeza, va a estar en Copenhague porque creemos que tenemos que algo que aportar a este debate. Por un lado, defendiendo el liderazgo de la UE en esta materia, frente a la posición de otros países. Segundo, impulsando el papel de las regiones en este desafío internacional.
Pensar globalmente, actual localmente. Creo, sinceramente, que Euskadi es un modelo en esta materia. En junio aprobamos la Declaración de Urdaibai, por un modelo de desarrollo económico, social y ambientalmente sostenible, y que pone a Euskadi en la vanguardia de las agendas políticas mundiales. Junto a ello, está nuestra apuesta por el progreso a través del desacoplamiento entre el crecimiento económico y el impacto ambiental. Suecia es, en este aspecto, un ejemplo de estímulo de la economía para el crecimiento y la generación de empleo, a la vez que invierte en sostenibilidad futura.
Todo ello debe estar acompañado por una actitud responsable de cada uno de nosotros en nuestra vida diaria, esforzándonos por tener hábitos y patrones de consumo sostenibles, reciclar, ahorrar energía… Sí, hay motivos para el escepticismo. Lo reconozco, pero mayor es la responsabilidad moral que tenemos de no caer en la desesperanza.
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