Familia

Nací en 1959 en Portugalete en el seno de una familia de clase obrera. Me gusta decir que soy un vasco de Coscojales (calle del Casco Viejo de Portugalete, muy cercana al Puente Colgante).

Mi abuelo paterno, Emilio, tras recuperar algo de la vista que perdió debido a su trabajo en “la colada” de los Altos Hornos de Vizcaya, trabajó como portero del Cine Mar de Portugalete, lo que no sólo me permitió tener las mejores colecciones de cromos de Euskadi, ya que “los difíciles” era el peaje que imponía mi abuelo a los chavales a la entrada del cine, sino que me aficionó a todo lo que tenía que ver con la imagen y el sonido, porque era en la última fila de ese cine donde pasaba muchas tardes de mi infancia.

Las otras, las que no iba al cine, las pasaba jugando por el pueblo y, sobre todo, provocando a los de La Ranche, con los que, los de Coscojales, teníamos una rivalidad ancestral (eran famosas las peleas con los tiragomas). Por cierto, el mío me lo había hecho mi padre en La Naval que era donde trabajaba y de donde me traía los rodamientos para hacer las goitiberas.

Mi abuela Matilde, trabajó de cocinera en las casas de las familias pudientes de la Margen Derecha. Y recuerdo cómo todos los días me llamaba desde la calle y cuando ella se asomaba al balcón la preguntaba: ¿qué hay para comer? Y, dependiendo del rancho optaba por quedarme en casa de mis abuelos o irme a la mía. El plato que mejor cocinaba mi abuela era la porrusalda y el arroz con pollo.

Mi otro abuelo, Antonio, fue marinero, jefe de máquinas del “Cabo de Hornos” lo que le permitió, en los tiempos duros del franquismo, dedicarse a traer cosas de contrabando de los países que visitaba, venderlas y mantener a su familia con cierta comodidad. Era una persona cosmopolita y un bon vivant del que aprendí a relativizar todas las cosas.

En una ocasión, cuando el Cabo de Hornos entraba en el Río de la Plata, se encontraron con el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graff Spee que acababa de ser hundido por los ingleses, y rescataron a unos cuantos marineros a los que escondieron, por razones humanitarias, para salvarlos. Esa anécdota, contada por mi abuelo, me marcó con un sentido solidario, incluso con aquellos con los que tengo diferencias insalvables.

Pero probablemente, lo que más marcó mi infancia, fue el ejemplo de lucha por la libertad de mis padres en la España de la dictadura, de aquella época recuerdo cómo no pude hacer la primera comunión con los niños de mi edad porque mis padres estaban desterrados. Mi madre en Cáceres y mi padre en Huercal Overa, Almería.

Recuerdo también los registros en mi casa de la policía o de la Guardia Civil porque en muchas ocasiones los “papeles” acaban en mi cama y yo haciéndome el dormido.

A lo largo de los años por mi casa han desfilado un gran número de compañeros, Felipe González, Ramón Rubial, Carmen García Bloise, Joaquin Almunia, los hermanos Cobos, Txiki Benegas, Manolo Chaves, … Por ello, suelo decir que, gracias a tanta boca que alimentar, mi madre, Begoña, se ha convertido probablemente en la mejor cocinera de salsa vizcaína del mundo, porque todo eran cazuelas de bacalao, caracoles, morros…